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jueves, 22 de octubre de 2009

Fuego! Fuego!! Ay no, joder, que es la Jim Jones Revue! (Sidecar, 21/10/09)



24 horas después, todavía me pitan los oídos. Todavía tengo el espíritu alterado. Todavía me vienen imágenes de alboroto, guitarras a escasos centímetros de mi nariz, y gente sudando. Mucho. Y gente feliz. Mucho. Y ya tengo preparada una carta de recomendación para el de selección de personal en el Olimpo rockero.


Tenía dos opciones ayer por la noche: la primera, esperar al show del Dios del fútbol en territorio maligno. Como eso ya se lo había visto hacer hace 4 años con la camiseta adecuada, y uno tampoco cree en los milagros, opté por la segunda opción: ver el show de The Jim Jones Revue en territorio leopardo. Y de verdad que Jim y sus cómplices tienen todo el derecho del mundo a utilizar Revue como parte final del nombre de la banda.


El bolo se retrasó poco más de media hora, tras un eterno soundcheck de última hora que ya me llevó a sospechar, desde la primera fila, que iba a ser un concierto especialmente duro para mis oídos. Pero cualquiera que haya experimentado catarsis rockeras sabrá perfectamente que cuando el espíritu de una banda te atrapa desde la primera nota, la razón se desconecta y es el instinto el que domina tu existencia. Y por mucho que mis tímpanos acabaran en los tobillos, mi yunque en el codo derecho, y mi trompa de Eustaquio dentro de un vaso de cerveza, no me arrepiento de nada. Son los pequeños sacrificios que hay que hacer para salvar tu alma de la atrofia cerebral generalizada de este mundo del siglo XXI.


Salieron en formación de quinteto, vestidos elegantes, tupés y planta de estrellas del rock mugriento. De esas que se hacen en la carretera, en antros oscuros donde no puede pasar nada bueno. Pero pasa. Pasa desde el momento que suenan las notas del 'Hey Hey Hey Hey' de Little Richard, y cientos de almas, tímidas o descaradas, se funden en una solo estado de ánimo: rock'n'roll!!


A partir de ahí, el caos, 'Another Daze', saltos, 'Fish 2 Fry', sudores, 'Peace & The Frog', vasos de cerveza volando, 'Rock'n'Roll Psychosis', gente poseída queriendo lamer la guitarra de Jim, 'Good Golly Miss Molly', avalanchas a izquierda y derecha, 'Elemental', moshing, 'The Meat Man', bolas de sonido cada vez mayores... y un Jim Jones cogiendo el relevo de Jon Spencer como perfecto maestro de ceremonias de sucio rock, Rupert Ordon demostrando gran pose y actitud, Elliot Mortimer machacando con arrebatos imparables su pobre teclado, y Gavin Jay y Nick Jones completando la liturgia con la sección rítmica de bajo y batería. Y, como no podía ser de otra manera, El Garantías en la sala... y Pelopincho con su muelle en el cuello, apareciendo en primera fila tras aprovechar la vorágine!


Lo escribí en la reseña del disco, y lo vuelvo a repetir: veneremos a los que le dan sentido a la vida en este mundo estúpido. Little Richard, Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Sonics, Cramps, Blues Explosion... seguro que todos estarían orgullosos de la Jim Jones Revue.




lunes, 24 de noviembre de 2008

The Flash Express, 'Introducing The Dynamite Sound Of The Flash Express' (2003)


Caminas por la cornisa de un 28º piso. Sientes la brisa que se hace viento y luego huracán. Te tira al vacío, entre tu vértigo y desesperación. Rebotas en la pared, y luego en un toldo, y después en un farol que sale de la pared que te abre una brecha de 10 centímetros en la frente, y en el canto de una ventana que se abre porqué la vecina del 15º quiere retirar la ropa antes de que la fina lluvia se haga tormentón. En el piso 13 oyes los gritos y gemidos de una pareja que folla salvajemente mientras escucha a los Mooney Suzuki a todo trapo. Cuando alcanzas el piso 11 bajando como un cohete y el ojo izquierdo ya te cuelga, ves a Superman volando raudo y alargando sus potentes brazos hacia tí para salvarte, pero el muy cabrón se cae de un caballo que pasaba por allí y se queda paralítico. Gritas desesperado, y en piso 7 vislumbras un camión de colchones justo debajo tuyo. En el piso 3 el semáforo se pone verde y el camión sale con un reprise digno de un fórmula 1.

El impacto de tu cuerpo chafándose contra el asfalto resuena con tal estruendo que los científicos creen detectar un movimiento sísmico de fuerza 8 en la escala Richter. Levantas la mitad de la cara que no ha impactado directamente contra el suelo (la otra mitad ya no existe, o si existe, se ha convertido en millones de trocitos sólo visibles con microscopio) y ves a una negra en minifalda y pelo afro dando palmas y moviendo el cuerpazo en minifalda a ritmo de soul frenético James Brown. Llega una ambulancia a todo trapo, pero el conductor becario está nervioso porqué es su primer servicio y no calcula bien la frenada. Nunca hubieras pensado que sentir una goma en el prepucio fuera preludio de un dolor tan grande. Pero claro, las gomas que te pones en plena faena sexual (bueno, que te ponías; ahora ya no podrás nunca más) no eran de caucho ni de marca Michelín. También es mala suerte que la tormenta sea de nieve y la ambulancia haya tenido que salir con neumáticos de clavos.

El camillero te resulta familiar... coño, ¿pero no es Jon Spencer, y los camilleros Russell Simmins y Judah Bauer? De camino al hospital, pone la radio, y suena un funk cortante y sincopado, y ritmos que matan, y el conductor empieza a mover la cabeza excitado y con tal violencia de lado a lado que se pega un cabezazo contra la ventanilla y la ambulancia pierde el control, justo cuando pasaba por el puente sobre la vía del tren. Si el tren hubiera pasado a la hora, ningún problema, pero ya se sabe cómo son estos de RENFE. El tren de las 5 embiste con violencia a la ambulancia a las 6, y tu cuerpo (bueno, la mitad que quedaba mínimamente conjuntado) sale disparado hacia la autopista, no sin antes rebotar con dos palos de alta tensión que te dejan con olor a chamusquina. Aunque ya no ves nada porqué has perdido el otro ojo, te hueles porqué ha sido. Estás de suerte: mejor haber perdido los ojos, porqué así te evitas el sufrimiento que te hubiera supuesto ver cómo se acerca sin tiempo a rectificar su trayectoria un trailer cargado con una docena de coches todoterreno. Por suerte también, no se puede circular a más de 80 km/h, lo cual alarga unas centésimas la tortura de sentir toneladas de acero sobre de tí, pero permite que tus restos no queden tan incrustados en el asfalto.


De hecho, los servicios de rescate consiguen sacar tus despojos con un taladro que suena a ritmo de punk-blues. La putada es que el operario se va a enterar hoy mismo, tras intentar sacarte, que padece de Parkinson, lo cuál es algo incompatible con la puntería y la destreza necesarias para esta misión. Cuando no saben si es mejor llevarte a un hospital o al aparador de una parada de quesos y embutidos del mercado, un terrorista suicida algo torpe y corto de vista confunde la nueva ambulancia con el coche escolta del presidente del gobierno, y se detona allí mismo. Una oreja tuya aparece en Tegucigalpa y la otra en San Petersburgo, y te preguntas quién coño robó el soul.

Ya sólo te queda el torso, medio brazo y el escroto colgando, y un trocito de pierna derecha que han ido a caer a la zona de negocios de la ciudad. Mira que han pasado años desde 1929, pero tiene que ser justo hoy cuando la bolsa hace crack y provoca el suicidio masivo de centenares de brokers que se tiran por la ventana incapaces de dar la cara ante sus jefes y esposas que van a tener que aprender a vivir sin Visa. Concretamente caen 88 tiburones de Wall Street sobre tus entrañas, y alguno de ellos lo hace con guitarras de rock'n'roll manchadas de sucio barro y grasa garajera colgando del cuello. La doble vida de americana y corbata de día-tejanos rotos y chupa de cuero de noche. Parecería suficiente noticia como para abrir el informativo de la TV del día, pero justo a 3 segundos para que empiece el sumario de titulares, cae un meteorito radioactivo-nuclear sobre la tierra que hace añicos el planeta. Ya es mala folla que el trocito de planeta donde estaban tus 4 retales de carne humana sobrantes vayan a parar al astro rey: ese sol abrasador a 2 millones de grados centígrados no tiene mucho sentido sin un cuerpo al que poder broncear...